15.4.18

Activistas de ocasión

Estamos apañados si hacemos depender de las modas la cuestión esencial, lo que vendría a ser nuestra razón de ser o el sentido que le atribuimos a nuestra existencia –en términos generales y minuto a minuto–. Y lo hacemos cada vez con más frecuencia.

Para mi perplejidad, en los últimos tiempos he visto a indiferentes de toda la vida –personas que consideraban, sin importar la abundancia objetiva en la que nadasen, que la supervivencia material de su clan era ya un propósito lo bastante arduo como para andar preocupándose de otras menudencias– temblar y delirar entre fiebres activistas multiformes. De entrada, claro, me entraron ganas de celebrar su transformación, su flamante incorporación a las filas de la conciencia social y de la acción colectiva. ¡Que buena falta nos hace! Pero no me duró mucho. Llámenme aguafiestas.

Porque hay cosas que no prosperan saludablemente en según qué contextos. La misión que cada quien se impone a partir de un impulso interior y de una reflexión coherente es una de las principales. La mayor parte de este activismo súbito ha nacido de semillas transgénicas en estrictas condiciones de invernadero. El neoactivista, agitado por el entusiasmo de su inesperado reverdecimiento, ignora que son otros quienes lo han hecho crecer a toda prisa como un mero producto de temporada.

El orden establecido se preserva a sí mismo mediante una canalización estratégica de la frustración de los individuos: ¿qué mejor campaña preventiva que la de hacerles creer que sus acciones simbólicas y sus eslóganes a voz en cuello están a punto de cambiar las cosas? Siempre a punto. Durante tanto tiempo como haga falta hasta que las aguas enturbiadas se calmen. Ha leído bien, activista de nuevo cuño: su pasión encendida no es, como usted creía, benéfica y auténtica. Podría serlo, si la hace consecuente, meditada y sostenida en el tiempo. Por ahora, la aviva a discreción un fuelle ajeno, cuyos intereses no se corresponden necesariamente con los de la humanidad, ni quizá con los de usted.

Le echan leña a su fuego de tantos modos que difícilmente cabrían aquí. Mecanismos de propaganda. Publicidad y mercadotecnia aplicadas a la ideología. Extorsión emocional a gran escala. Apropiación indebida del alma. Los diablos de hoy no necesitan comprarle el alma a nadie: ¡es tan rentable tenerla en usufructo!

Tal vez sea apocalíptica, pero sólo moderadamente. No les he contado nada que no supiesen. La dificultad estriba en aplicarse el cuento. En ver que cuando decimos: "Los Otros están Manipulados por Idearios Perversos", ese "Los Otros" lo contiene y refleja también a usted. A mí.


 Foto: Spencer Tunick


25.2.18

Endeudamiento

En estos días, son cada vez menos quienes reconocen que el dinero es una convención, esto es, un valor relativo. Así las cosas, nuestras conversaciones cotidianas acaban rigiéndose por la lógica tácita de que el dinero es el bien primordial, la máxima aspiración, y que el deber de todo ser humano decente es anteponer su obtención y multiplicación a los demás aspectos de la existencia. ¡Qué confusión terrible! ¡Qué cansancio!


Hombre vacío, Leonardo Avelino Rodriguez.


Los bienes primordiales y absolutos, no convencionales, son aquellos que nos permiten cubrir nuestras necesidades fundamentales. Y aquí ya empezamos a complicar la cosa: está tan extendida la idea de que sólo el dinero satisface cualquier carencia... Nuestra más exigente necesidad de subsistencia es la respiración. Hasta ahora, la fe fanática en el dinero ensucia sin recato el aire nuestro de cada día. Lo mismo vale para el agua, que quizá sea nuestra segunda urgencia física. Llegamos a la comida y, ¡ay!, desvelamos a la madre del cordero: palabras como "pan" o "sustento" se han convertido en sinónimo inequívoco de "sueldo". Decimos: "Así me gano el pan". Decimos: "¡Es el pan de mis hijos!". El dinero no es el pan, sino el medio de pago y cobro más generalmente aceptado en las panaderías. Es un rodeo que acordamos dar –de forma colectiva y por comodidad– para llegar al pan. Y donde digo pan, digo abrigo –ropa o refugio–.

Ahora bien, el dinero ha tomado entidad propia y se le atribuyen capacidades que rozan la omnipotencia. Se acepta comúnmente que es razonable hacer, por dinero, casi cualquier cosa que de otro modo no haríamos. Se lo considera un argumento incontestable para capitular y conceder en dilemas prácticos que contienen aspectos de índole existencial, moral, vital. El factor dinero arrumba sin demora las convicciones profundas, haciéndolas pasar por melindres que no vienen al caso.

¿La economía tiene en nuestros días la última palabra para todo? Hablemos en sus términos, entonces. Manfred Max Neef, economista, aísla y enuncia las necesidades humanas, que concreta en: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. ¿Cuántas de ellas requieren efectiva e inevitablemente dinero para ser satisfechas? ¿Y a cuántas estamos renunciando cada vez que anteponemos el dinero al resto de consideraciones que honestamente podríamos hacernos? ¿Hasta qué punto su obtención y multiplicación se ha convertido en el principal motor de nuestra vida? ¿Ya es el único? ¿Estamos en número rojos, no convencionales sino esenciales? ¿A cuánto asciende nuestra deuda con nosotros mismos?

20.2.18

El amor derramado

Tomemos una línea de conducción: un circuito de tuberías, depósitos y bombas que recoge un fluido y lo distribuye entre distintos puntos. Supongamos que esa instalación tiene, inevitablemente, algunas fugas. Pueden ser pequeñas y pasar temporalmente inadvertidas. O pueden ser enormes y restañarse tarde. En ambos casos, a corto o largo plazo, el sistema sólo continuará lleno si se le restituye el líquido derramado. De otro modo, está condenado al agotamiento.

Esto, que en fontanería resulta tan obvio, se oscurece en cuanto nos adentramos en las frondas de las relaciones personales. Sin embargo, la dinámica que conduce al vaciado es igual de simple. Lo que quizá no sean tan reconocibles son las formas que adoptan esas fugas, los resquicios por los que el amor se filtra y se derrama.
 

De la pura observación –como de costumbre, pues no en vano Las uñas negras es una atalaya de la realidad y Pepa, una mirona– se infiere la descripción que sigue:

En una línea de conducción de amor, el deterioro de las cañerías y las subsiguientes pérdidas de fluido suelen producirse por una permisividad flagrante de cada quien consigo mismo –incurriendo en excesos de familiaridad en el peor sentido, esto es, dando rienda suelta a cualquier impulso sin importar su repercusión en otros– que proviene de eludir la responsabilidad sobre sí y que se traduce en un conflicto incesantemente renovado. Aquí se van abriendo grietas paralelas: la culpabilización, el reproche perpetuo, el sentimiento de deuda y la convicción de ser acreedores de una compensación, que dan paso a exigencias sin fundamento de derecho. Cuanto más se alargue esta agonía, más bagaje indeseado se acumula: decepciones, rencores, escarmientos se amontonan y se nos ofrecen como un aval perverso para nuevas reivindicaciones, amonestaciones y reclamaciones. Un auténtico serpentín. Una sangría.

¿Qué nos impide reponer ese amor que borbotea por grifos y juntas? Nuestra dificultad cada vez mayor para comunicarnos. Nuestras creencias tácitas contrapuestas, conscientes pero contrarias o, peor aún, ni siquiera revisadas. El hatillo de emociones distorsionadoras que hemos ido atesorando. Una querencia por la confusión, no sé bien si innata, fruto de la pereza o bien del interés a río revuelto...–. Por encima de todo, nos batimos contra un enemigo implacable: una noción torcida y ñoña del amor, que ensalza sus aspectos debilitantes y venenosos, mientras que repudia los fortalecedores.

Si usted se reconoce en uno o más de estos puntos, corra y hágase con un rollo de cinta selladora y proceda a reparar segmento por segmento su circuito. Después, pacientemente, insúflele tanto amor como se haya desparramado. Para acabar, compruebe que la presión sea la óptima.




17.2.18

Con el mamut a cuestas

El mamut está. Todavía. Allí. Igual que el afamado dinosaurio.

El mamut desfonda el colchón; impide que entre la luz por las ventanas; devora sin remilgos ni medida los geranios, los jazmines, el helecho y hasta el mismísimo acebo espinoso –que encima es una especie protegida–.

¿Cómo? ¿Y no hacemos nada? ¡Claro que sí! Ignorarlo. ¿Qué mamut? ¿Qué colmillos? ¿Qué trompa? ¿Qué ocho toneladas? Lo llevamos a cuestas y fingimos que ni abulta ni estorba.

Ante una realidad tan enfadosa que resulta inaceptable
hay un sinnúmero de respuestas posibles. De entre todas, se ve que al ser humano la negación se le antoja la más socorrida. Créanlo o no, el omnipotente animal racional resuelve situaciones complejas y acuciantes recurriendo a un truco de lo más barato: hace como si no existiesen. Confía en que aquello que no se reconoce ni se nombra desaparece. Que deja de estar todavía allí. Que ni siquiera estuvo allí jamás.

Al revés, confía también en que se haga realidad lo que se nombra mucho. Y se le van los días en afirmar con convicción aquello que no es, en repetirlo hasta la extenuación, en proclamarlo, en imponer a otros como real ese deseo suyo. Cuando son muchos quienes se conjuran en la reiteración de uno de estos eslóganes –abracadabra con vocación de verdad inmutable–, obtenemos la vox populi
, una magnífica tormenta de arena que oculta y confunde lo que es y lo que no.


Sigamos, pues, renegando del mamut con que cargamos. Invoquemos la sólida entidad de cosas que no existen. Neguemos y afirmemos sin un norte. Continuemos haciéndonos trampa. Perpetuemos nuestra debilidad –lo que me gusta, existe; lo que me irrita, no–. Capaces como somos de crecer, empequeñezcámonos hasta la extinción. Nuestros mamuts se extinguirán también, definitivamente, con nosotros.


14.12.17

Cuatro problemas

Mis problemas son cuatro.
No hay más, pero tozudos
como una mala cosa.
O quizá es mi torpeza
la que los acrecienta
en vez de resolverlos.

Tengo cuatro problemas,
ya veis, siempre los mismos.
Circulares, ocupan,
bajo una forma u otra,
enteros, mis diarios:
éste que ahora escribo,
los que lo precedieron...

Me niego a que se adueñen
del diario futuro.
Escribo: "Basta. Fin".
Tajante. Decidida.
¡Si supiera yo cómo!

Sólo cuatro. Y no cesan.
Cuando casi los venzo
mutan en nuevas cepas
vigorosas y astutas.
Sospecho que los riego
yo misma con mi lucha,
que los nutre la rumia,
que cuanto más me aplastan
más aumenta su peso.

¿Acaso no tenemos
todos cuatro problemas?
¿Cuatro piedras con las que
andamos tropezando?
¿Por qué no acertaremos
a caminar con ellas,
sobre ellas, a través
de su dura presencia,
siquiera a retirarlas?


Entre piedras, de Salva Artesero
 

6.12.17

Vacaciones

Hay días en que me canso
de predicar con vehemencia en el desierto
y reniego de este empeño absurdo
en deciros lo que no queréis oír.

Cosas inoportunas como que
la vida es más bella y más valiosa
que los quehaceres y las chucherías
con los que os obstináis en rellenarla.

Cosas insoportables como que
lleváis dentro, quizá sin estrenar,
todo eso de lo que os creéis privados
y andáis buscando inútilmente afuera.

Cosas irreverentes como que
bastaría con que ahora escuchaseis
de corazón vuestras propias incógnitas
y las respuestas os irían al encuentro.

En días como esos, como hoy,
bailo, tomo el sol, recito poesía
y me troncho de risa con nuestra porfía
(la mía con vosotros, la vuestra con la vida).

¡Complaceos en vuestras aficiones:
imprecad, doleos, mirad hacia otro lado!
Quizás sea el mayor de los prodigios
que entre tanto desprecio por la vida
aún sigamos vivos.


"Predicar en el desierto", foto de Salva Artesero

28.11.17

Pasar

Pasar y no dejar
más rastro que la leve
pisada del recuerdo.

Se arremolina en nubes
el polvo del camino
cuando el coche se aleja.

Apenas un minuto
después, el polvo quieto
ha olvidado su paso.

El caminante deja
caer migas de pan
en los claros del bosque.

Él sigue andando. Luego,
picoteo de gorriones,
acarreo de hormigas.

Un escriba grabó
palabras imperiosas
en tablillas de barro.

Nos requiere ya en vano
su mensaje, que clama
y que no comprendemos.

Pasar y ahondar la huella
del eterno silencio.
Es más que suficiente.



29.10.17

La confianza sin ceguera

"...los hechos se asombran cuando nosotros nos asombramos de que acaezcan..."
Ramiro Pinilla, Las ciegas hormigas


Anhelamos sentir confianza. Cuando lo hacemos, reposamos en ella como en lecho seguro y confortable. La consideramos uno de los estados óptimos del ánimo y en ella crecen prodigiosamente la alegría, la determinación o la amistad.

Mas la saludable confianza tiene una doble, una impostora tuerta, coja, mezquina y gritona: la seguridad. Ambas se visten con los ropajes de la esperanza en que cuanto pueda salir bien, así lo hará. Pero se las distingue por un detalle nimio, una pluma de más en el sombrero, aunque crucial: la seguridad niega cualquier posibilidad de que algo se tuerza. La rechaza con la misma enconada terquedad con que el catastrofismo niega cualquier posibilidad de que algo fructifique. Seguridad y catastrofismo se asemejan mucho más que seguridad y confianza; se dan las manos y bailan vigorosamente a su son predilecto, el de la incertidumbre. ¡Qué espléndido guiñol sin fin escenifican en el teatrillo de nuestras cabezas! ¡La una pronostica abundancia festiva universal, el otro la aporrea con los agüeros lúgubres de la devastación, ahora tú y luego yo y vuelta a empezar!

Así las cosas, cierto grado de descreimiento resulta benéfico y recomendable. Ganamos si perdemos esa seguridad que se horroriza, con golpes en el pecho y demás aspavientos, de que según qué maldades e injusticias sean posibles. También si desechamos ese catastrofismo que se regocija en tener razón respecto al puntual advenimiento del fuego y la peste. Entregarse a remilgos y repugnancias cada vez que la realidad desmiente nuestras mejores expectativas, o deshacerse en vanaglorias cuando confirma las peores, equivale a derrochar nuestras fuerzas en humo.


 Fotografía: "Confianza", Salva Artesero.


Mientras, una confianza serena y atenta es capaz de asumir la amplitud de las manifestaciones de lo humano. Sabe que todo lo realizable es posible. Cuenta con que las grandes palabras admiten interpretaciones diversas y con que las grandes pasiones aguijonean al hombre en su fuero interno hasta que contempla como lícito lo que antes le hubiera parecido reprobable. No ignora que la sentencia cínica que afirma que "el fin justifica los medios" es credo para muchos, y que hasta hay quien la reformula como "mi fin justifica cualquier medio" para mejor seguirla a pie juntillas. Y advierte que las inquietudes morales no son límites físicos ni leyes necesarias, sino norte intangible en la brújula de cada ser humano, y que a menudo son tomadas a risa como cosas de niños o mojigatos.

Esta clase de confianza aplomada y cauta, esperanzada sin ceguera– nos libera de la porción más inútil de la lucha: la de las largas y agotadoras alharacas tras cada contratiempo. Nos desvenda los ojos para que veamos la realidad en bruto, nos desenjaula el corazón y la cabeza para que comprendamos cabalmente lo que vemos y nos desencadena las manos para que podamos obrar en consecuencia.

21.10.17

El mandato implacable del pensamiento único

 Fotografía: "Més enllà de les pedres", Salva Artesero.

Hasta los hombres y mujeres más próximos, afables y aun razonables, dan síntomas de rigidez beligerante cuando asumen el mandato implacable de pensar sin tregua en una sola cosa. El martilleo porfiado de la idea obligatoria, una vez absorbida por la mente y el hígado, los va enajenando y les cierra los ojos a la multiplicidad maravillosa que se despliega a su alrededor. Cuando otro ser humano, sensible o resistente, percibe la magnitud del universo y trata de comunicársela, ellos mismos le tapan la boca con la indiferencia o el estigma. El pensamiento único o unidimensional combate todo atisbo de la inmensidad de la realidad, porque ésta deja en evidencia y al instante su rotunda pequeñez.

Hay un tiempo natural para cada cosa, y hay un tiempo programado de manera interesada para que cada cosa reciba la atención que otros han juzgado conveniente. No me refiero sólo a compartir y defender una opinión colectiva compacta, sino en última instancia a entrar al trapo del tema que la agenda social ha marcado como ineludible. 

Quien rechaza incubar y alimentar la idea imperativa, quien no sucumbe a la dominación del discurso dominante, quien se hace cargo de su propia mirada, su razonamiento, sus palabras y sus actos, es tenido bien por paria o bien por rémora. Prefiero considerarlo disidente.

He aquí un llamamiento utópico a la disidencia: cultivemos el pensamiento múltiple. Miremos más allá del horizonte artificial. No le insuflemos nuestra vida y nuestras fuerzas a cuestiones impuestas prestándoles una importancia exacerbada de la que carecen. Desconfiemos de voceros y monolitos: todos los emperadores van desnudos. Abracemos la complejidad inabarcable y las contradicciones aparentes. Dejémonos de dogmas. Pensemos. De verdad y sin pereza. Por nuestros propios medios.