14.12.17

Cuatro problemas

Mis problemas son cuatro.
No hay más, pero tozudos
como una mala cosa.
O quizá es mi torpeza
la que los acrecienta
en vez de resolverlos.

Tengo cuatro problemas,
ya veis, siempre los mismos.
Circulares, ocupan,
bajo una forma u otra,
enteros, mis diarios:
éste que ahora escribo,
los que lo precedieron...

Me niego a que se adueñen
del diario futuro.
Escribo: "Basta. Fin".
Tajante. Decidida.
¡Si supiera yo cómo!

Sólo cuatro. Y no cesan.
Cuando casi los venzo
mutan en nuevas cepas
vigorosas y astutas.
Sospecho que los riego
yo misma con mi lucha,
que los nutre la rumia,
que cuanto más me aplastan
más aumenta su peso.

¿Acaso no tenemos
todos cuatro problemas?
¿Cuatro piedras con las que
andamos tropezando?
¿Por qué no acertaremos
a caminar con ellas,
sobre ellas, a través
de su dura presencia,
siquiera a retirarlas?


Entre piedras, de Salva Artesero
 

6.12.17

Vacaciones

Hay días en que me canso
de predicar con vehemencia en el desierto
y reniego de este empeño absurdo
en deciros lo que no queréis oír.

Cosas inoportunas como que
la vida es más bella y más valiosa
que los quehaceres y las chucherías
con los que os obstináis en rellenarla.

Cosas insoportables como que
lleváis dentro, quizá sin estrenar,
todo eso de lo que os creéis privados
y andáis buscando inútilmente afuera.

Cosas irreverentes como que
bastaría con que ahora escuchaseis
de corazón vuestras propias incógnitas
y las respuestas os irían al encuentro.

En días como esos, como hoy,
bailo, tomo el sol, recito poesía
y me troncho de risa con nuestra porfía
(la mía con vosotros, la vuestra con la vida).

¡Complaceos en vuestras aficiones:
imprecad, doleos, mirad hacia otro lado!
Quizás sea el mayor de los prodigios
que entre tanto desprecio por la vida
aún sigamos vivos.


"Predicar en el desierto", foto de Salva Artesero

28.11.17

Pasar

Pasar y no dejar
más rastro que la leve
pisada del recuerdo.

Se arremolina en nubes
el polvo del camino
cuando el coche se aleja.

Apenas un minuto
después, el polvo quieto
ha olvidado su paso.

El caminante deja
caer migas de pan
en los claros del bosque.

Él sigue andando. Luego,
picoteo de gorriones,
acarreo de hormigas.

Un escriba grabó
palabras imperiosas
en tablillas de barro.

Nos requiere ya en vano
su mensaje, que clama
y que no comprendemos.

Pasar y ahondar la huella
del eterno silencio.
Es más que suficiente.



29.10.17

La confianza sin ceguera

"...los hechos se asombran cuando nosotros nos asombramos de que acaezcan..."
Ramiro Pinilla, Las ciegas hormigas


Anhelamos sentir confianza. Cuando lo hacemos, reposamos en ella como en lecho seguro y confortable. La consideramos uno de los estados óptimos del ánimo y en ella crecen prodigiosamente la alegría, la determinación o la amistad.

Mas la saludable confianza tiene una doble, una impostora tuerta, coja, mezquina y gritona: la seguridad. Ambas se visten con los ropajes de la esperanza en que cuanto pueda salir bien, así lo hará. Pero se las distingue por un detalle nimio, una pluma de más en el sombrero, aunque crucial: la seguridad niega cualquier posibilidad de que algo se tuerza. La rechaza con la misma enconada terquedad con que el catastrofismo niega cualquier posibilidad de que algo fructifique. Seguridad y catastrofismo se asemejan mucho más que seguridad y confianza; se dan las manos y bailan vigorosamente a su son predilecto, el de la incertidumbre. ¡Qué espléndido guiñol sin fin escenifican en el teatrillo de nuestras cabezas! ¡La una pronostica abundancia festiva universal, el otro la aporrea con los agüeros lúgubres de la devastación, ahora tú y luego yo y vuelta a empezar!

Así las cosas, cierto grado de descreimiento resulta benéfico y recomendable. Ganamos si perdemos esa seguridad que se horroriza, con golpes en el pecho y demás aspavientos, de que según qué maldades e injusticias sean posibles. También si desechamos ese catastrofismo que se regocija en tener razón respecto al puntual advenimiento del fuego y la peste. Entregarse a remilgos y repugnancias cada vez que la realidad desmiente nuestras mejores expectativas, o deshacerse en vanaglorias cuando confirma las peores, equivale a derrochar nuestras fuerzas en humo.


 Fotografía: "Confianza", Salva Artesero.


Mientras, una confianza serena y atenta es capaz de asumir la amplitud de las manifestaciones de lo humano. Sabe que todo lo realizable es posible. Cuenta con que las grandes palabras admiten interpretaciones diversas y con que las grandes pasiones aguijonean al hombre en su fuero interno hasta que contempla como lícito lo que antes le hubiera parecido reprobable. No ignora que la sentencia cínica que afirma que "el fin justifica los medios" es credo para muchos, y que hasta hay quien la reformula como "mi fin justifica cualquier medio" para mejor seguirla a pie juntillas. Y advierte que las inquietudes morales no son límites físicos ni leyes necesarias, sino norte intangible en la brújula de cada ser humano, y que a menudo son tomadas a risa como cosas de niños o mojigatos.

Esta clase de confianza aplomada y cauta, esperanzada sin ceguera– nos libera de la porción más inútil de la lucha: la de las largas y agotadoras alharacas tras cada contratiempo. Nos desvenda los ojos para que veamos la realidad en bruto, nos desenjaula el corazón y la cabeza para que comprendamos cabalmente lo que vemos y nos desencadena las manos para que podamos obrar en consecuencia.

21.10.17

El mandato implacable del pensamiento único

 Fotografía: "Més enllà de les pedres", Salva Artesero.

Hasta los hombres y mujeres más próximos, afables y aun razonables, dan síntomas de rigidez beligerante cuando asumen el mandato implacable de pensar sin tregua en una sola cosa. El martilleo porfiado de la idea obligatoria, una vez absorbida por la mente y el hígado, los va enajenando y les cierra los ojos a la multiplicidad maravillosa que se despliega a su alrededor. Cuando otro ser humano, sensible o resistente, percibe la magnitud del universo y trata de comunicársela, ellos mismos le tapan la boca con la indiferencia o el estigma. El pensamiento único o unidimensional combate todo atisbo de la inmensidad de la realidad, porque ésta deja en evidencia y al instante su rotunda pequeñez.

Hay un tiempo natural para cada cosa, y hay un tiempo programado de manera interesada para que cada cosa reciba la atención que otros han juzgado conveniente. No me refiero sólo a compartir y defender una opinión colectiva compacta, sino en última instancia a entrar al trapo del tema que la agenda social ha marcado como ineludible. 

Quien rechaza incubar y alimentar la idea imperativa, quien no sucumbe a la dominación del discurso dominante, quien se hace cargo de su propia mirada, su razonamiento, sus palabras y sus actos, es tenido bien por paria o bien por rémora. Prefiero considerarlo disidente.

He aquí un llamamiento utópico a la disidencia: cultivemos el pensamiento múltiple. Miremos más allá del horizonte artificial. No le insuflemos nuestra vida y nuestras fuerzas a cuestiones impuestas prestándoles una importancia exacerbada de la que carecen. Desconfiemos de voceros y monolitos: todos los emperadores van desnudos. Abracemos la complejidad inabarcable y las contradicciones aparentes. Dejémonos de dogmas. Pensemos. De verdad y sin pereza. Por nuestros propios medios.

8.8.17

Big bang

Cuando sepas abrirme
tu corazón en cuenco o en galaxia
para acoger en él
este amor que te ofrezco;

cuando en tu balanza
los planes y los planos,
las plazas y los plazos,
las casas y los casos y los cazos
pesen menos que el amor que te ofrezco;

cuando sea valioso
para ti lo que es
para mí más real:
la noche, el bosque, el tiempo,
el mar, el dar, la risa,
el abrazo, el consuelo,
los colores del mundo,
el murmullo del alma
y el amor, ¡el amor!,
como el que ahora te ofrezco;

a partir de ese instante
podrás llamarme tuya:
congénere, comadre,
amiga, compañera,
contemporánea tuya.

Pero no lo hagas antes,
no nos mientas en esto.
Hasta que no recibas
mi amor como oro en paño,
no compartimos nada.
No eres nada mío.



2.8.17

Cerremos las sucursales

La exploración, comprensión y divulgación honestas de la verdad no se cuentan entre los principios fundamentales de la publicidad o el entretenimiento. Ni siquiera entre sus potenciales beneficios tangenciales. Cuando la industria de la venta y la distracción nos dice una verdad, lo hace por conveniencia o por error.

Y sin embargo, son muchas las personas que restringen su visión de la vida a lo que les inculcan los medios –omnipresentes–, y que reducen su idea de creatividad a las ocurrentes y fácilmente digeribles triquiñuelas publicitarias.

Hombres y mujeres huyen así del cuestionamiento interior, que tiende a poner patas arriba el relato dogmático y confortable sobre quién soy y en qué mundo vivo. Pero en esta evitación instintiva de la inquietud, se arrojan a los brazos del verdadero enemigo: la indiferencia existencial. Es decir, la flojera de la voluntad, la ignorancia o la exacerbación innecesaria del sentimiento, y la renuncia a la acción transformadora.

Adoptar una posición de indiferencia existencial equivale a dimitir de vivir la propia vida. Guiarnos por "lo que nos dicen", "lo que ya se sabe" y "lo que es así" supone convertirnos en una sucursal que asume, defiende y propaga intereses de otros. Y basta con echarle un vistazo a la prensa antigua –de apenas unos años atrás para hallar en ella leves o evidentes discrepancias con el discurso del presente: cada nuevo objetivo interesado requiere algún ajuste ideológico.




El camino que han recorrido durante siglos el arte y la ciencia movidos por un interés más amplio que el de una cuenta de resultados es el de la exploración, comprensión y divulgación honestas de las verdades profundas sobre quiénes somos y en qué mundo vivimos.

¿Seguirá usted fiando sus convicciones y sus decisiones a la familiaridad de un programa televisivo, a la simpatía de un vídeo en la red o al impacto de un anuncio? ¿No le parecen el arte y la ciencia espejos más precisos? ¿Que no tiene tiempo de reformular sus creencias desde la autenticidad, la coherencia y la humanidad? ¿Está en su derecho de declinar cualquier invitación a pensar, sentir y actuar? Oiga, pero... ¿usted quiere vivir?



Cuadros de Greg Dunn

27.6.17

Certeza

Espera.
Aún no te quejes
de que otro no te ve.

Pregúntate primero
si de verdad estás
aquí. Si eres tú

quien existe y se muestra,
o si es esa otra,
tu impostora, la imagen

almidonada y hueca
(acaso más segura)
que a veces das de ti.




24.6.17

Extrañeza

Lejos.
Lejos de mí los muebles,
el calor y el pautado,
civilizado, paso de las horas.
El ruido y el silencio,
lejos.

Con cauto disimulo,
intercambian señales
y carraspeos. Me observan
como a una enajenada.
Sospechan.
Lejos.

Mi almohadón y mi brisa,
mi mediodía, mis ranas
y este callar a gritos
se erigen en un torvo
tribunal familiar:
me acusan de extranjera.
De ajena de mí misma,
ya que distante de ellos.

¡Si los reconociese!
Los miro, los remiro.
Todavía más lejos.